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Padres presentes desde la cuna

Diego Ibañez L.

La ternura no es exclusiva de las madres. La de un padre es una ternura más recia, menos delicada tal vez, pero es parte de la paternidad.

Los papás se equivocan si creen que los primeros años de la vida de un hijo es un asunto propio de la mamá, como si él tuviera que jugar un papel secundario en esta etapa. No sólo se trata de mudar a la guagua o de preparar mamaderas, como tampoco de llegar del trabajo y entretenerse un rato con los hijos, como si éstos fueran juguetes, a los que se les da cuerda para divertirse y después piden (a su mujer) que los guarden cuando dejan de ser objetos de entretención.

Cuándo comienza la educación

Se dice que Napoleón preguntó a un consejero desde qué edad había que empezar a educar a los hijos. Éste le preguntó: "¿Qué edad tiene su hijo?". Respondió que veintiuno. Entonces el sabio tutor le dijo: "Debía haber comenzado veintiún años antes". Aunque la anécdota no sea verdadera, el tutor acertó porque los buenos hábitos comienzan desde el nacimiento. El respeto por las horas de sueño, de juego y alimentación es una muestra de orden que el hijo necesita desde que abre los ojos a este mundo. Mucho antes que un niño sepa qué es serenidad o tensión, lo aprende desde la cuna según la atmósfera que respira. Y ese clima lo crean los padres según el trato que se den entre ellos. Se les enseña a amar antes de enseñarles a hablar. Un niño antes que sepa gatear sabe si en su casa hay orden o desorden, paz o nervios, afecto o indiferencia, atención o descuido, concesión a sus caprichos o una voluntad de educarlo. Es una excusa decirse: ya habrá tiempo o ahora es muy poco lo que entiende.
El padre, insustituible

Él, desde los inicios de la vida de un niño, debe dar fuerza y respaldo a la autoridad de la mamá, y debe ayudarla a educar para el futuro y que no se pierda en el instante presente. Sin el papá, el hijo no aprende a obedecer y se puede ir convirtiendo en un tirano, simpático, pero tirano al fin y al cabo. Y con el tiempo, este rasgo se agudiza. El padre es sinónimo de disciplina, disciplina humana y flexible, pero disciplina. Los papás señalan los límites y nunca deben perder de vista que ellos son la brújula y no la veleta del momento. La disciplina no es incompatible con la ternura, porque es cariño inteligente. Es exigencia, pero exigencia amable. Es comunicación de energía para que el niño aprenda que todo lo que puede hacer por sí mismo no se le haga para facilitarle aparentemente la vida. Es un error mal entender el cariño.
Las preguntas de un niño

Hay preguntas que un hijo o hija no le hace a su padre. Por ejemplo, "¿qué ropa me pongo?". Quizás el hombre no sabría responder porque lo habitual es que no sepa qué ropa tiene. Pero eso no significa que no conteste lo que se le pregunta o que interprete que son "puras cabezas de pescado". En cambio, contar cuentos ¿por qué debe ser un papel exclusivo de las madres? ¿O ponerse a gatas y jugar? Y aunque se llame lengua materna, los papás también deben enseñar a hablar, con menos diminutivos y no sustituyendo las palabras. El niño dirá "papú"; el padre, sin corregirlo hablará del "auto". El niño a su hermana María le dirá "ía"; el papá no lo imitará y se referirá a ella con su nombre completo. Es papel de los padres enseñar a crecer y no mantener a los hijos en una infancia permanente, que es la tendencia de las madres. Cuando un papá toma a sus hijos pequeños en brazos, suelen no acunarlos, sino lanzarlos al aire y recogerles en su vuelo, con la consabida angustia de la mamá. Los padres no temen ampliar los horizontes, ayudándoles a que extiendan sus fronteras, a que investiguen, a que amplíen sus reducidos espacios. Y si el hijo se pone insolente y llama "tonta" a su madre cuando ésta le niega un capricho, el padre no lo pasa por alto y le reprende con seriedad. Pero todo con economía de gestos y de palabras. Una mirada con el ceño fruncido del papá o con la cejas en alto le bastan. De paso, siempre alientan a su mujer para que no se desanime con el desorden, ya que el orden perfecto es imposible en una casa con niños chicos. Pero le enseñan a ordenar, dando él ejemplo.
El descanso de un padre

Nunca, al llegar a la casa, un papá se puede decir "misión cumplida". Ya hice lo que debía hacer en el trabajo. Ahora llego a mi refugio de descanso. Y menos, tomarse compensaciones. La sonrisa de un niño que lo recibe con los abrazos abiertos y la alegría por su llegada, es el comienzo del descanso. Se abre la puerta de la casa para servir y no solamente ser servido. Se sobrepone heróicamente al cansancio legítimo, no permitiéndose arranques de malhumor. Se ejercita la paciencia y la serenidad, comunicándola al ambiente familiar. No cae en la rutina en la relación con su mujer y se interesa en todo lo que ella quiere contarle. Que cuesta, es evidente, pero vale la pena, expresión muy acertada ya que por todo lo valioso, hay que saber pasar penas.

La ternura del padre

  • Que en los tiempos actuales el padre participe más en la educación de los hijos no significa que sólo deba cambiar pañales o darles la comida.
  • El involucramiento del hombre es indispensable porque él entrega, desde que los niños están en la cuna, lo más propio de lo masculino. ¿Qué significa esto? Enseñarles a crecer y no mantenerlos en una infancia permanente.
  • Por ejemplo, cuando un hijo se cae en bicicleta la mamá corre a sobarlo. En cambio el papá le enseña a levantarse y seguir adelante. Esa visión es fundamental.
  • Entonces, los papás tienen que recordar que la llegada a la casa no es para echarse en la cama y descargar el mal humor. Por el contrario, es tiempo para conversaciones, juegos y convivencia, respaldando siempre y con voz firme a la mamá.
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